6.3.13

Gato por liebre

Acostumbrados desde antiguo a que nos den gato por liebre, los pelafustanes hispánicos hemos asimilado el penúltimo embeleco zoonutricional sin rechistar. El hallazgo de carne de jamelgo en algunas viandas (presuntamente) vacunas no nos ha tocado el estómago sino el orgullo. Todos sospechábamos —para qué engañarnos— que cualquier parecido entre la tentadora denominación comercial de un manjar transformado y la cruda realidad era pura coincidencia, pero el esclarecimiento de su auténtica trazabilidad nos ha dejado un regusto agridulce. Resulta que, en lugar de deleitarnos con hamburguesas caninas, albóndigas ratoneras o salchichas de comadreja ibérica —como creíamos—, lo que los devotos del buen yantar veníamos haciendo hasta ahora era dar buena cuenta de las sobras de la nobleza, y por ahí sí que no pasamos: los pobres de espíritu preferimos alimentarnos de fauna insalubre antes que hacerlo con los desechos de una aristocracia venida a menos. Si la ociosa high class se ha visto obligada a sacrificar a su famélica yeguada, acuciada por los estragos de la crisis, que con su pan se la coma, que nosotros nos apañaremos como de costumbre, devorando toda clase de animalillos plebeyos. Otra cosa es la certificación de que la mierda de tartas que ofrece la reincidente Ikea en sus comedores sea, literalmente, un surtido de tartas de mierda. La multinacional sueca, líder mundial de la complicación doméstica, parece empeñada últimamente en darnos matarile por la vía directa, y a sus adulteradas albóndigas y salchichas —ya retiradas de la circulación— añade ahora sus tartas de (aparente) chocolate y caramelo, que son, en realidad, bizcochos coronados por bacterias fecales. Con tanto jaleo alimenticio, cualquier día se cumple el barrunto de Jose A. Pérez y nos sobresaltamos leyendo entre los titulares de la prensa marceña que han encontrado "carne de caballo en una de las tartas de mierda de Ikea".

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